24 de julio de 2013

OLLANTA HUMALA Y SU CEGUERA POLÍTICA



A pesar de no haber votado por el “mal menor”, es decir, por Ollanta Humala, pensar que podría tratarse de un presidente con tantas falencias era una idea muy distante en aquel entonces, pues estas tantas falencias son muy difíciles de encontrar en hombres de Estado. Sólo en el Perú podría ocurrir una cosa semejante.

No me refiero precisamente a falencias de orden cultural, ni siquiera de conocimientos elementales. Se trata de una ceguera impropia de ciegos o tuertos. Un ciego o un tuerto se conectan con suma facilidad con el entorno social y puede superar la limitación física, a pesar de la indolencia o indiferencia de un sistema imperante de exclusión social.

Un presidente nacional, con todas las prerrogativas, con todo el apoyo popular, con una oposición disminuida, con una esposa y primera dama muy inteligente, joven y trabajadora, con una bancada congresal mayoritaria, con aliados penitentes e impenitentes, con las fuerzas armadas y policiales saturados de “personal con rodilleras” y miembros de su promoción, con dirigentes cocaleros y “de los otros” como incondicionales aliados, etc., etc.,… no parece ser justo que cometa semejantes barbaridades como el reciente y vergonzoso acto, tristemente conocido como “la repartija” o reparto de cargos públicos, cuya condición de autonomía y alto nivel le permitiría consumar una serie de acciones reñidas contra la constitución y la moral de toda una nación.

Ollanta Humala prácticamente se ha ensañado contra el pueblo peruano, primero incumpliendo sus promesas al asumir el máximo encargo de la nación. Luego, en vez de generar conciencia y solidaridad con los pueblos más alejados, más bien promovió una serie de conflictos sociales tratando de usufructuar los recursos minerales, arrebatando y depredando los recursos hídricos y bosques naturales; al lado de la gran empresa irresponsable. Luego, encabezó una maquinaria desde la bancada oficialista para lograrel “blindaje” o encubrir actos delictuosos cometidos por altos mandos militares, policiales y hasta civiles, como es el reciente y cínico apoyo a su cogobernante, el ex presidente Alejandro Toledo, pese al clamor popular y a las bárbaras contradicciones del “sano y sagrado”, que ponen en ridículo a la administración de justicia nacional ante los organismos internacionales.

Finalmente, cual moderno Pilatos, “pidió que renuncien” los personajes designados desde Palacio vía Congreso a través de un pacto infame con fujimoristas y toledistas, pero cuestionados por todo un pueblo que empieza a despertar luego de un largo letargo en la actividad política. Aquel despertar no es tardío y merece el reconocimiento de todo el pueblo peruano, porque quienes se movilizaron fueron los jóvenes universitarios de la UNMSM, de la Católica, de la UNI, de la Agraria y hasta de universidades de reciente creación. Fueron nuestros jóvenes quienes rechazaron con contundencia esta afrenta de un presidente con ceguera política, incapaz de conectarse con la realidad, incapaz de valorar la oportunidad que el pueblo peruano le dio para reivindicarse y llenarse de gloria pudiendo cumplir con un proyecto político que sólo sirvió para la campaña electoral. Su bancada congresal quedó totalmente desacreditada ante la huachafería portátil condicionada de prebendas.

Un cambio de actitud no le vendría mal a nuestro presidente de caminatas y carreras. Tiene tiempo de reivindicarse, tiene tiempo de “descolgarse de aliados nacionales y extranjeros que sólo han demostrado restar”, tiene tiempo para darse cuenta que la extrema sobonería también es perjudicial y aún tiene tiempo para curar heridas abiertas a nuestra democracia, saldar deudas al pueblo peruano y a reencontrarse con el verdadero encargo que el pueblo le dió con esperanzas.

“No hay peor ciego que aquél que no quiere ver”.